Reseña Eduardo Calvario 45

Estudios Sociales
45
 

Hombres sonorenses: un estudio de género de tres generaciones

Sonoran men: A gender study of three generations

 

José Eduardo Calvario Parra*

 

Guillermo Núñez Noriega (2013) Hombres sonorenses: un estudio de género de tres generaciones.
Universidad de Sonora y Pearson (Educación de México)

Fecha de recepción: abril de 2014

Fecha de aceptación: mayo de 2014

*Universidad de Sonora

Dirección para correspondencia: joseduardo_calv@yahoo.com.mx

La obra es de prosa ligera, escritura amena y sencilla, pero no por ello simple respecto a las reflexiones que de ahí derivan. Representa un buen pretexto para conocer a varones de una región serrana de Sonora. El autor y los/las editores procuraron mantener un balance respecto al estilo y al formato del contenido; se evita presentar una obra llena de citas, pies de páginas y referencias teóricas que socaven la fluidez de la lectura y, a la vez, lo suficientemente sólida para sostener en términos analíticos lo que se expone. Consta de tres capítulos, conclusión y bibliografía; además, al inicio aparecen agradecimientos, una nota acerca del autor, una dedicatoria y una introducción general.

La obra en referencia es producto de una investigación socioantropológica en la región conocida como los pueblos del río Sonora (Ures, Baviácora, Aconchi, San Felipe de Jesús, Huépac, Banámichi, Arizpe y Bacoachi), cuyos objetivos fueron, a decir del autor: 1) conocer, desde una perspectiva de género, las concepciones, valores, actitudes y prácticas sexuales y reproductivas en tres grupos de varones según criterio de edad (adultos mayores 45-55); 2) conocer los cambios de un grupo hacia otro y 3) comprender la dirección de dichos cambios en relación con el grupo más joven. La metodología empleada es de corte cualitativo; de esta manera se utilizan recursos metodológicos como entrevistas en profundidad, observación participante y entrevistas informales.

El trabajo se ubica dentro de lo que se ha llamado estudios de las masculinidades o, como prefiere llamarle el autor, estudio de género de los hombres. Usando categorías analíticas provenientes del pensamiento feminista, antecedentes directos de los estudios de las masculinidades, y de algunas alusiones conceptuales a autores como Michel Foucault, Pierre Bourdieu, Guillermo Núñez va “exprimiendo” sus datos recopilados en campo, y va conduciendo el análisis de una manera que permite al lector entrever las implicaciones analíticas más allá de la misma situación que les da origen.

El concepto de reproducción es crucial en el análisis de Núñez Noriega; para él, el uso tradicional se ha supeditado al ámbito biológico; en realidad, este concepto transciende las áreas que comúnmente se le asocian. Los significados, por lo menos para los entrevistados, relacionados con la reproducción, implican no solo la paternidad, la fecundidad, la gestación, sino, además, el papel en la división del trabajo, el vínculo emocional y sexual con la pareja, como padre-esposo-compañero, sus privilegios, los placeres y satisfacciones.

La organización del contenido consiste en presentar en cada capítulo información y análisis de cada generación, así mismo se brinda un contexto sociodemográfico e histórico de cada grupo de varones.

Lo interesante de la obra de Núñez Noriega es la forma en la que va hilando los hallazgos con una interpretación analítica que tiene dos bases, la información cualitativa y los datos del contexto. Lo anterior le permite un ejercicio cercano a lo que el antropólogo Clifford Geertz llamó descripción densa. Los componentes de las identidades de género que conforman los horizontes valorativos y cognitivos de sus informantes le sugieren interesantes hipótesis y sugerentes análisis.

Para explorar los significados sobre los valores, concepciones y prácticas sobre el aspecto reproductivo y sexual de la vida de los entrevistados, la relación con el entorno social le da al esfuerzo analítico de Núñez un valor socioantropológico insoslayable. Las categorías sociales, marcadores de distinción (como las refiere el autor), por ejemplo, vaquetón, vago, lépero, huevón, están presentes en la experiencia de los tres grupos generacionales, pero se resignificarán a la luz de los cambios sociales y las propias relaciones de género.

En el primer capítulo recorre varios de los hilos ideológicos y las prácticas que sustentan el interés de la investigación. Los varones nacidos entre 1919-1930, los adultos mayores, corresponden al primer grupo de varones los cuales tenían de 73 a 83 años de edad al momento de las entrevistas. Este grupo de varones fue socializado en un mundo completamente rural, de economía de autosuficiencia; época en la que existía muy poca o nula comunicación entre los pueblos y las incipientes ciudades como la capital del estado. Ello va marcar sus actitudes, valores y prácticas sobre la reproducción y la sexualidad. El orden de género les proveía de un marco social que regulaba dichos ámbitos, así como todo aquello que tenía que ver con las relaciones entre los géneros. La importancia del trabajo es central en los tres grupos, pero cobra mayor relevancia para el primero. En ese grupo se sintieron hombres cuando empezaron a trabajar y el trabajo estuvo vinculado con lo que los entrevistados refieren con mantener y atender. El mantener le corresponde a ellos, mientras el atender, a sus esposas. El trabajo es fuente de prestigio y orgullo porque permite que se le considere “hombre trabajador” y se convierte de esa manera en un buen prospecto para el mercado matrimonial. El trabajo y la hombría son parte, según el autor, de la idea del gobierno de uno mismo, la independencia económica (p. 25). La socialización estuvo vinculada a los espacios tradicionales como la iglesia, la propia familia y el lugar de trabajo; existió una férrea disciplina para algunos de los entrevistados sobre todo por parte de sus padres. Las distancias físicas y supervisión en el noviazgo, el nulo conocimiento antes de su primera relación sexual sobre el cuerpo femenino, la asociación de las prácticas sexuales con fines estrictamente reproductivos será una de las diferencias con los otros dos grupos generacionales. Los valores como la fidelidad conyugal y la virginidad estuvieron en relación directa con la idea de que las prácticas sexuales tendrían que ser con fines reproductivos y no por placer. Por otro lado, las actividades de la crianza, la participación en el parto y, sobre todo, la paternidad, se supeditaron en el eje: mantener-dirigir/enseñar.

La exposición del autor sobre los rasgos de estos hombres y, particularmente, lo más importante, los procesos socioculturales a los que aluden es difícil abstraerse como lector y no relacionar con la propia experiencia. La rigidez de los padres en cuanto a la disciplina, la mínima apertura para conversar, la economía del habla que señala el autor, la ausencia de muestra de afecto, en suma, se trata de prácticas que la literatura especializada ha llamado modelo tradicional masculino. Lo que el texto de Núñez nos muestra es que dicho modelo no es monolítico y que no se presenta de la misma manera en tiempo y espacio, se establecen fisuras, resignificaciones, aunque no homogéneas e igual para todas las regiones del país.

En el segundo capítulo se aborda el caso del segundo grupo generacional, aquellos nacidos entre 1947-1956. Tenían entre 45 y 55 años de edad, les tocó vivir la cristalización de las primeras políticas de modernización en la sierra de Sonora; junto a ello, cambios demográficos, económicos y culturales se expresaron a lo largo y ancho del país. Escuelas, centros de salud, campañas gubernamentales a favor de la planificación familiar, crecimiento poblacional, vacunación masiva son solo algunos eventos que se expresaban en distintos latitudes y ámbitos de la vida diaria de los entrevistados.

Una característica diferenciadora de estos varones frente a la generación anterior fue que, en el proceso de socialización, la importancia de la versatilidad laboral adquirió singular importancia, pero, además, con la posibilidad, por lo menos en el imaginario social, de que también podían realizar trabajo doméstico. Todo ello constituyó una fuente de orgullo para ellos (p. 78). No existió una momento específico en el que se “sintieron hombres”, lejos de ubicar un momento, este grupo de varones, a decir de Núñez, vivieron un cúmulo de experiencias que les fue proveyendo marcos de sentidos sobre la hombría, “efectos de saturación” comenta el autor. Al parecer, en este grupo pesa más la idea de un hombre con múltiples experiencias de saber y aventura, a diferencia del primero grupo (p.75), implica una influencia en sus significados y prácticas sobre la sexualidad y el ámbito reproductivo.

La relación de la sexualidad y la masculinidad esconde su complejidad en el momento en el que, para Núñez, el contexto situacional, el saber sexual, se interconectan para el vínculo entre la identidad masculina y el aprendizaje sexual. El proceso de transición entre dejar de ser niño y ser hombre, el inicio de la vagancia como referente de masculinización en su horizonte de sentido, se transforman en el hombre vaquetón, una necesidad de ser vaquetón en tanto referente. Otra diferencia con el anterior grupo es el relajamiento de la vigilancia estrecha en el noviazgo, pero que, al final de cuentas, persiste. El primer grupo estuvo contenido por una serie de silencios y economía del habla; en el tema de sexualidad el segundo grupo contestó que llevaron prácticas de autoerotismo, situación distinta al primer grupo, pero rechazaron la pornografía (p. 107) y prácticas sexuales no convencionales, anteponiendo, dice Núñez, un discurso sanitarista y con adjetivos de que “esas son maniacadas”.

El casarse les significó responsabilidad, un esquema de vida, pero frente a ello se gestan elementos des-prestigiadores. Un caso interesante de marcador de distinción y de minusvalor de la hombría, se trata del “cotorro” aquel varón que no se casó, o está mayor y no se ha casado; el uso en el discurso de dicha categoría puede tener implicaciones de orden social-económico, pues al no tener una familia, una descendencia biológica, los vínculos con la comunidad pueden ser endebles. Vale la pena una referencia al trabajo de campo en la que un comprador de unos terrenos que ejidatarios se niegan a vender para la instalación de una maquiladora, exclama indignado –pinche bola de cotorros– (p. 120). A nuestro autor le genera curiosidad por dicha asociación e indaga al respecto. Entiende que el sentido que le da el potencial comprador es el débil lazo que establecen los “cotorros” con el bienestar de la comunidad, pues no tienen hijos y, por tanto, no se preocupan por el progreso.

En otro aspecto, existe la construcción de un discurso más igualitario con sus esposas, tanto de ayuda en ámbito doméstico como el rechazo a situaciones machistas (irresponsabilidad, autoritarismo, control del cuerpo de las mujeres [p. 117]). Los varones del primer grupo daban por sentado que las mujeres no trabajarían mientras ellos pudieran mantener a la familia, en tanto, los del segundo grupo, permitían que sus esposas trabajaran; de esta manera se erige un discurso de corresponsabilidad, pero así mismo en la paternidad. Estos varones se distancian de la paternidad de sus padres, se entiende que es una relación social, pero también intersubjetiva que no se deriva simplemente de ser hombre, y surgen nuevos obligaciones y tareas.

En el tercer capítulo se abordan los varones de la tercera generación, con una edad entre los 20 y 25 años de edad. El contexto en el que vivieron estos varones tienen que ver con la proliferación de los medios masivos de comunicación, principalmente radio y televisión, con una mayor oferta educativa (preparatorias), se instauraron las primeras maquiladoras de la región, existieron las primeras presidentas municipales de Sonora, tres de ellas de los pueblos de esta región.

El proceso de sentirse hombre, en este grupo de varones, nos relata el autor, si bien tiene puntos en común con las dos anteriores generaciones, la apertura para contar cualquier tema, ser capaces de tomar una posición crítica respecto a la ideologías de género tradicionales, es una de las elementos que los distinguen. Con todo, la idea de rudezas, de maldades, las prácticas de recibir o dar “carrilla” y participar en pleitos, así como no tener miedo (no ser culón) fueron algunos de las orientaciones de la acción social de estos varones. En los intersticios de estas configuraciones de género se expresan interpretaciones alternativas a las formas de la masculinidad dominante, así, a pesar que en el imaginario el ideal viril se asocia con el poder económico (dinero), la fuerza-astucia física (“buenos para los chingazos”), y el ser valiente, el reconocimiento de la necesidad de andar por otros senderos a veces se expresa en situaciones (p. 151) emocionales.

Respecto a la información y aprendizaje sexual, este grupo marca la diferencia con los otros dos, pues tuvieron acceso a fuentes no solamente escolares y de pláticas gubernamentales, como por ejemplo el Sistema Nacional de Desarrollo Integral de la Familia (DIF), sino a medios masivos como la televisión, los videos y revistas pornográficas. La primera relación sexual estuvo mediada por el lazo afectivo y placentero, la elección de la novia ya no estaba centrada en la división entre mujeres buenas y mujeres malas, el reconocimiento a la masturbación con grupo de pares en la adolescencia marca cambios con las anteriores generaciones a decir del autor. Así también, y aunque sigue operando las ideologías de género tradicionales, este grupo de jóvenes resignificaron algunos valores como la participación en el embarazo y parto, y son más proclives a tener una opinión favorable a la vasectomía, no así para el caso del aborto. La autoridad masculina cobró menos importancia, al menos en el discurso; la paternidad siguió teniendo importancia para la identidad masculina, en especial el acercamiento afectivo y asertivo con los/as hijos/as. Con la inserción de la industria de la maquiladora se registraron cambios en la división social del trabajo, ello, a su vez, trajo consigo nuevas configuraciones en los espacios del trabajo con la incorporación femenina a la fuerza laboral.

En suma, el libro que nos presenta Guillermo Núñez Noriega es un referente obligado para aproximarnos a explicaciones de los procesos de transformación en las relaciones de género en Sonora y, en especial, abre pistas para comprender las resignificaciones de lo que es ser un hombre en Sonora. En este mismo contexto, representa una importante contribución en México a los estudios de género centrados en los varones. Además, nos muestra que los traslapes, las reconfiguraciones, las contradicciones en el seno de los modelos de género son posibles, y que obedecen a la confluencia de los factores estructurales y las subjetividades de los agentes.



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